martes, 5 de marzo de 2013

VIRGINIDAD, Antonio Báez & Eikoh Hosoe



VIRGINIDAD

   La primera vez que me propuse perder la virginidad fue en verano y recuerdo que leía a Yukio Mishima. Por supuesto no lo conseguí. Veamos alguna versión de los hechos. En la terraza de los apartamentos en los que trabajaba en Fuengirola me propuse asaltar a una de las camareras de piso de un modo inesperado. Me hubiese podido pegar con una de las botellas de cerveza que estaba recogiendo, pero le bastó con mirarme en el momento en el que me dirigía hacia ella. Me daba vergüenza pensar que sería de los pocos chavales dedicados aquel verano a la hostelería que nunca se habían acostado con una mujer. Por las tardes desde la terraza, en la que se había frustrado mi fantasía amatoria, divisaba melancólico un horizonte surcado de hidropedales con mujeres que se entregaban en su duermevela a las caricias de Febo Apolo. Luego remataba mis faenas y regresaba en tren a casa, leyendo. Aprendí mucho ese verano y el siguiente. En realidad las picardías y los trucos de los hosteleros más bribones de la Costa del Sol. Lo que más les importaba era sacar tajada. Para mí aquel era un trabajo con el que costearme el curso. Tenía mucho tiempo para leer porque por una serie de circunstancias de índole picaresca acabé sentado tras un mostrador que funcionaba como conserjería. En uno de los cuentos de mi primer libro, plagado de erratas, hice que esa camarera con la que no perdí la virginidad me sedujera en la terraza del último piso, a pleno sol del mediodía. Me resulta imposible, eso sí, recordar su nombre, pero he retenido en la mente con todo detalle su rostro no demasiado agraciado y picado con marcas y hoyitos de la viruela. En mi segundo libro de cuentos, que es prácticamente un plagio del primero y que no consiguió librarse de las erratas, sólo tuve que jugar con la introducción de algunos adverbios para contar lo contrario: que ante la propuesta explícita de la camarera para convertirme en un hombre experimentado, yo metí la cabeza en el libro de un escritor japonés que se atravesó las tripas ritualmente.


1 comentarios:

Marcelo dijo...

Eso es lo bueno de escribir. Cambiamos no sólo nuestro pasado sino también el futuro.