viernes, 22 de marzo de 2013

LA MUJER ESQUELETO, Tim Bowley


LA MUJER ESQUELETO


   Ya nadie recordaba qué era, pero ella había hecho algo en contra de la voluntad de su padre, y él la había agarrado y arrojado por el acantilado, y ella había caído y caído hasta hundirse en el océano.
   Su cuerpo se sumergió cada vez más hondo, bailando su lenta danza de la muerte, hasta quedar reposando sobre el lecho marino. Con el paso del tiempo los peces y otras criaturas se comieron toda su carne mientras las conchas y los cangrejos se alojaban en sus huesos, y durante muchos años yació allí, mecida por las corrientes como un alga, la Mujer Esqueleto.
   Creyendo que la bahía estaba hechizada, la gente dejó de pescar allí. Un día, sin embargo, un forastero vino a pescar en su kayac, ignorante de las tristes leyendas que pesaban sobre esa extensión de agua. Lanzó el sedal por la borda de su barco y el anzuelo se hundió y se hundió hasta el fondo del océano, donde se enganchó en las costillas de la Mujer Esqueleto. Notando algo en el extremo de su sedal, el hombre gritó: “¡Oh-ho, ha picado un pez gordo!”, y empezó a izar su captura. La Mujer Esqueleto sintió que algo tiraba de ella y se retorció tratando de librarse, pero cuanto más se debatía más se enredaba.
   El hombre tiró del sedal hasta que al fin la Mujer Esqueleto fue levantada del fondo del océano donde tanto tiempo había yacido y subió y subió, atravesando las aguas, hacia la luz.
   Cuando el hombre sitió que la presa estaba cerca de la superficie se volvió para cogerla red pero, al girarse, dio un grito. Porque allí, en la popa del barco, con los dientes clavados en la madera, el agua goteando de su cabellera de algas, los cangrejos correteando por las cuencas de sus ojos, las lapas destellando sobre sus huesos, estaba la Mujer Esqueleto. El hombre, aterrorizado, cogió su remo, golpeó a la espantosa aparición para arrojarla del barco y empezó a remar desesperadamente hacia la costa, haciendo avanzar la embarcación con todas sus fuerzas. En su pánico, no se dio cuenta de que la Mujer Esqueleto seguía enganchada en el anzuelo y, cuando miró hacia atrás, allí estaba ella surcando las olas tras él!
   El hombre siguió remando hasta llegar por fin a la orilla. Saltó de su kayac, agarró el sedal y empezó a correr por el hielo. Pero cuando miró tras él vio venir, saltando y botando por el hielo, a la Mujer Esqueleto y, por mucho que corriera, cada vez que miraba tras de sí, allí estaba ella. El hombre siguió corriendo y corriendo, con el corazón palpitando, agitando las piernas, los ojos desorbitados de terror. Corrió entre las pilas de pescado seco y, mientras se deslizaba entre ellas, la Mujer Esqueleto extendió una mano huesuda, cogió un pescado y se lo comió.
   El hombre siguió corriendo hasta que al fin, exhausto, temblando, aterrorizado, llegó a su iglú. Se arrojó por la puerta a la oscuridad del interior y durante largo tiempo quedó allí jadeando, libre al fin del horror de la Mujer Esqueleto. Finalmente, el hombre se recuperó un poco y encendió el fuego; pero entonces chilló, porque allí, en el iglú con él, estaba la Mujer Esqueleto. Sus huesos estaban todos enredados del viaje, tenía una pierna dentro de la caja torácica y la otra detrás de la cabeza; todavía goteaba agua de su pelo de algas, y los percebes de sus dientes sonrientes destellaban a la luz del fuego.
   Al mirarla, el hombre se dio cuenta de que no podía escapar de ella. Y, tal vez porque era un hombre solitario, al aceptar su destino, algo se conmovió en su interior y sintió compasión por ella. Se arrastró hasta la mujer musitando palabras tranquilizadoras y le colocó suavemente los huesos hasta que cada uno estuvo en su lugar. Luego, cogió una túnica de piel de foca y se la puso sobre los hombros, y después, agotado por las aventuras del día, se metió en la cama y se durmió.
   La Mujer Esqueleto se quedó sentada inmóvil, alerta, observando al hombre dormido, sin atreverse a hacer un solo ruido por temor a enfurecerle y que él también la agarrara y la arrojara fuera, como había hecho su padre tanto tiempo atrás.
   Mientras el hombre dormía, tuvo un sueño y ese sueño hizo brotar una lágrima que se deslizó por su mejilla. Viendo la lágrima, la Mujer Esqueleto sintió en ella la sed de los siglos y se arrastró hasta el hombre dormido, le acercó la boca huesuda al rostro y empezó a beberse la lágrima. A medida que bebía, esa lágrima se convirtió en un río y ella bebió y bebió, hasta que al fin su sed quedó aplacada.
   Luego, la Mujer Esqueleto empezó a cantar una canción, una canción tan antigua como los cristales de hielo que la rodeaban y, mientras cantaba, deslizó una mano huesuda bajo las sábanas, la metió en el pecho del hombre dormido y sacó su corazón palpitante. Y cantando con voz cada vez más fuerte, acarició sus huesos con el corazón del hombre.
   Se acarició la cara; cantó pidiendo carne; cantó pidiendo ojos, nariz, labios; cantó pidiendo orejas; cantó pidiendo pelo; cantó pidiendo brazos; cantó pidiendo manos; cantó pidiendo pechos, cantó pidiendo corazón; cantó pidiendo estómago y órganos internos; cantó pidiendo piernas y pies veloces; cantó pidiendo una hendidura entre las piernas y todas las cosas que una mujer necesita.
   Cuando estuvo completa, la Mujer Esqueleto cantó para desnudar al hombre dormido y se metió en la cama junto a él. Después hundió la mano en su propio pecho, se sacó el corazón y lo puso con cuidado dentro del pecho del hombre dormido, y el corazón de él lo metió en el suyo. Por la mañana, al despertar, estaban los dos entrelazados en un abrazo de amor eterno.
   Y desde aquel día vivieron juntos. Cada vez que salían de pesca, las criaturas del océano se entregaban libremente a la Mujer Esqueleto, que había vivido entre ellas tanto tiempo. Y el hombre y la Mujer Esqueleto vivieron felices muchos años.

TIM BOWLEY, Semillas al viento, Editorial Raíces, Madrid, 2001, pp. 94-95.

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