sábado, 2 de marzo de 2013

AIRE Y CARBÓN, Ana María Shua



AIRE Y CARBÓN
  
   El abuelo Salo tiene buenos motivos para recordar la llegada de la orquesta de Leopoldo Stokovski a la Argentina.
   —Fue hacia el año cuarenta —dice—. Stokovski era famoso sobre todo por ser el director de la Orquesta Filarmónica de Filadelfia, pero vino a la Argentina con una orquesta juvenil. En Buenos Aires igual fue todo un acontecimiento. Y para mi familia, fue más especial todavía. Porque uno de los violinistas de Stokovski era un pariente lejano de mi mamá, un polaco del mismo pueblo, que había emigrado a Estados Unidos, tal como mi mamá emigró a la Argentina. Bueno, este hombre quiso conocer a su familia argentina. Imagínate la emoción cuando llamó a casa ¡el primer violinista de Stokovski!
    —¿Y fue nomás de visita?
   —¡Por supuesto! Viajaba con su mujer, que también era violinista, de modo que la trajo. Invitamos a mi tía, la hermana de mi mamá. Fue una cena memorable. Lo más increíble de todo no fue que nos invitaran al Colón a escuchar la orquesta de Stokovski, ni las costumbres extrañas que traía esta pareja, sobre todo la mujer, nacida en Estados Unidos, la otra América, la de verdad. Todo nos llamaba la atención. La forma en que cambiaba de mano el tenedor después de cortar la carne, porque los yanquis manejan el tenedor con la mano derecha. La ropa, el peinado... Pero lo que nos dejó boquiabiertos fueron las medias que traía puestas la mujer del violinista. ¡Medias de nailon! Jamás se había visto semejante cosa en la Argentina.
    —¿Y qué usaban las señoras elegantes?
   —Aquí se usaban todavía medias de seda, que eran carísimas y se rompían y se corrían de nada. Era un tema fundamental para las mujeres de la época, sobre todo para las que no tenían mucho dinero. Claro, también existían las medias largas de algodón, generalmente de color carne, pero eran muy feas. Las chicas muy jóvenes, a veces, se dibujaban una costura sobre la piel, con carbonilla, desde el muslo hasta el talón, para dar la impresión de que tenían puesta una media. Salir sin medias era impensable, una locura; una mujer decente en sus cabales no hacía una cosa así. Era tan loco como que un hombre saliera a la calle sin sombrero: "en cabeza", se decía, y era casi como salir descalzo. Pensá que Roberto Arlt murió tratando de inventar unas medias engomadas de larga duración. Las medias de seda corridas, igual que pasó después con las de nailon, se llevaban a arreglar, con una maquinita zurcidora se levantaban los puntos. Pero no quedaban perfectas, el arreglo se notaba. ¡Ah, esas pobres medias de seda llenas de cicatrices de batalla!
     —Así que nunca habían visto medias como ésas...
   —Nunca. Las medias de nailon que tenía puestas la mujer del violinista eran más fuertes y también más transparentes. La señora hizo un par de demostraciones que nos dejaron con la boca abierta. Todos hubiéramos querido tocar ese material incomprensible. Yo era chico y estaba tan asombrado como los demás. ¿Qué era esa fibra extraña que no salía de ninguna planta, que no tejía ninguna oruga? Mi mamá y mi tía miraban las medias con tanta admiración, ilusión y deseo que la mujer del violinista decidió regalarles un par a cada una. Antes de irse de la Argentina pasó por casa y nos dejó dos paquetitos con el extraño tesoro. Entonces sí pudimos tocarlas, estirarlas, mirarlas al trasluz, con infinito cuidado. "Pero, ¿de qué están hechas?" le pregunté a mi papá. Él me miró muy serio y me dijo: "Están hechas de aire y carbón".
   Y desde entonces cada vez que se encuentra con algo nuevo, un adelanto tecnológico, una situación que no comprende, un misterio de la naturaleza, en lugar de decir como todos los argentinos "Cosa'e mandinga", el abuelo Salo dice así: "¡Aire y carbón!" 

ANA MARÍA SHUA, Historias verdaderas, Sudamericana, Buenos Aires, 2004.

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