lunes, 17 de mayo de 2010

EL CUARTO PROHIBIDO, Itziar Ezquieta


EL CUARTO PROHIBIDO

Érase una vez un leñador muy pobre, que tenía tres hijas.
Cada mañana iba a cortar leña al bosque, para venderla y así mantener a la familia.
Un buen día, el leñador encontró un árbol grande, y viejo como ningún otro.
Sin pensárselo mucho, empezó a darle hachazos hasta que, una vez, el golpe sonó hueco, y el hacha le saltó de las manos y fue a colarse por la grieta abierta del tronco.
Al momento se oyó un grito terrible, y un gruñido que hizo temblar hasta a la hierba.
Después, se abrió el agujero y asomó un gigante, gritando furioso:
—¿Quién es el osado que rompe mi casa, me despierta de mis sueños y me corta con un hacha?
—¡He sido yo, señor! No me haga daño, que soy pobre y tengo tres hijas que mantener—suplicó el hombre.
—Pues si quieres recuperar el hacha, tendrás que decirle a tu hija mayor que la venga a buscar.
El leñador contó en casa lo que había sucedido; y la hija mayor, interesada, le pidió que la llevase junto al gigante.
Enseguida llegaron al pie del viejo árbol.

Nada más oírlos, el gigante salió por el agujero e invitó a la muchacha a entrar:
—Si haces lo que te mande, serás dueña de todo cuanto tengo. A tu padre, en pago por su hacha, le daré una moneda de oro.
—¡No se hable más!—dispuso ella.
Y, muy contenta, bajó por el agujero oscuro del árbol y empezó a revolver por la casa, muerta de curiosidad.
—Ahora tengo que irme—dijo el gigante—.Tienes la comida servida; cómetela antes de que se enfríe.
Cuando se quedó sola, se acercó al plato; y, al ver el contenido, grito espantada:
—¡Una oreja! ¿Cómo me voy a comer una oreja cruda y peluda? ¡Ni loca!
Entonces cogió la oreja con la punta de los dedos y la tiró al granero.
Después, llegó el gigante y, al ver el plato vacío, preguntó:
—¿Has comido bien?
—¡Sí, señor!—contestó la muchacha, preocupada.
—Orejita, ¡dónde estás?
—¡Aquí, mi amo, en medio del granero!
Entonces el gigante, enfurecido, agarró a la muchacha por los pelos y le gritó:
—¡Mentirosa! ¡Me las pagarás por tramposa!
La llevó a rastras por un largo pasillo, entró en el cuarto del fondo, cogió el hacha y, ¡ZACA!, le cortó la cabeza.
Al día siguiente, el leñador se acercó al árbol con la hija mediana, para saber cómo iban las cosas.
—Pues a la muchacha no le va mal –dijo el gigante—, pero está un poco aburrida. Si dejas a su hermana para hacerle compañía, te daré otra moneda de oro.—propuso con astucia.
Ante la insistencia de la hija, el leñador aceptó el trato.
Así que la chiquilla entró en el árbol, el gigante, tratando de engatusarla, susurró:
—Tu hermana está durmiendo, pero no te preocupes. —Si haces lo que te mande, serás dueña de todo cuanto tengo. Tienes la comida servida; come antes de que se enfríe.
Y se fue.
La muchacha se acercó a la mesa y se quedó horrorizada:
—¡Una oreja! ¿Cómo me voy a comer una oreja llena de pajas, cruda y peluda? ¡Ni hablar!
Sin más, cogió la oreja y la tiró al pozo.
Al poco, llegó el gigante y preguntó:
—¿Has comido bien?
—¡Sí, señor!—contestó la niña.
—Orejita, ¡dónde estás?
—¡Aquí, mi amo, congelándome en el pozo!
—¡Otra que me quería engañar! ¡Pues también me las vas a pagar!
La agarró por los pelos, la llevó a rastras hasta el cuarto del fondo, cogió el hacha y ¡ZACA!, las degolló.
Al otro día, se presentó el leñador con la tercera hija, que estaba aprendiendo a coser y llevaba una aguja de plata prendida del vestido.
—Las muchachas echan en falta a la pequeña, y aquí hay mucho que coser. Si te quedas, le daré a tu padre otra moneda de oro, y no tendrá que trabajar más—insistió el gigante.
Las súplicas de su hija acabaron por convencer al leñador, que regresó solo a casa.
Nada más entrar, la pequeña miró por todas partes, extrañada de no ver a sus hermanas; pero disimuló para que el gigante no desconfiase.
—Si haces lo que te mande, serás dueña de todo cuanto tengo. Tienes la comida servida; cómetela antes de que se enfríe. Yo tengo que marcharme, pero volveré pronto.
Cuando la muchacha estuvo segura de estar, se acercó a la mesa con recelo y se quedó espantada:
—¡Una oreja! ¿Cómo me voy a comer una oreja remojada, llena de pajas, cruda y peluda?
¿Y quién va a saber si me la he comido?, pensó.
Entonces cogió la oreja y la escondió debajo del vestido.
Al momento, entró el gigante y preguntó:
¿Has comido bien?
—¡Estupendamente, señor!—contestó la niña, decidida.
—Orejita, ¡dónde estás?
—¡Aquí, mi amo, bien calentita en esta barriguita!
Y el gigante exclamó, muy contento:
—¡Pues de ahí no te vas a mover, que esa barriguita es de mi mujer!
Confiado, le entregó las llaves de la casa a la pequeña, le dio un lienzo blanco para hacer unas sábanas nuevas y le dijo:
—Tengo que marcharme. Acaba de coser las sábanas, que quiero estrenarlas esta noche; después puedes hacer lo que quieras, pero no abras el cuarto del fondo del pasillo.
La muchacha, preocupada por las hermanas, fue directamente al cuarto prohibido.

Al abrir la puerta, se llevó tal susto que se le cayeron las llaves; y una se manchó de sangre.
Enseguido oyó los pasos del gigante, que regresaba.
Cerró la puerta y corrió a lavar la llave; pero por más que frotaba, la mancha no desaparecía.
Entonces cogió la aguja y se la clavó en un dedo.
En cuanto entró el gigante, preguntó:
—¿Has acabado con la costura?
—¡Casi, señor!
—Dame las llaves—continuó el gigante—. ¿Y esta mancha de sangre?
—Me he pinchado al coser—respondió la niña, mostrándole el dedo.
—¡Vaya!—dijo el gigante—. Te buscaré un dedal, a ver si acabas las sábanas de una vez...
Y merienda bien, que tienes que comer para ti y para la oreja.
En cuanto el gigante se marchó, la muchacha volvió corriendo al cuarto prohibido.
Sobre una mesa estaban las dos cabezas cortadas, una tinaja de agua y un tarro con ungüento.
La pequeña abrió el tarro con curiosidad y, nada más untar la punta del dedo, sintió que la herida desaparecía.

Después unió las cabezas con los cuerpos, cosió con aguja e hilo, les embadurnó el cuello de ungüento y, finalmente, lavó a sus hermanas con el agua de la tinaja.
Enseguida, las dos muchachas abrieron los ojos como si nada hubiese pasado.
Salieron deprisa con el hacha, el tarro de ungüento y algún otro collar que cogieron en los cofres del gigante.
Una vez fuera, se escondieron detrás del tronco.
Cuando el gigante entró, la hermana pequeña sacó la oreja de la barriga y la dejó caer por el agujero del árbol.
Después, untaron el tronco con lo que quedaba de ungüento y observaron maravilladas cómo se cerraba la corteza.
El tronco del árbol nunca más volvió a abrirse.
Las tres hermanas se fueron felices, y allí se quedó el gigante para siempre.


ITZIAR EZQUIETA, El cuarto prohibido, Oqo, Pontevedra, 2005.

3 comentarios:

Víctor dijo...

Hermoso cuento. A través de este blog he podido empezar a conocer a esta interesante artista plástica y narradora. Gracias y saludos desde Caracas.

Francisco dijo...

Víctor:

Alegra que esta ventana sirva para divulgar algunos ramalazos de excelencia.
Me atrevo a decir que todas las publicaciones de Oqo mantienen ese alto nivel.

Oqo, Kalandraka, ¿tienen difusión en Venezuela?

Cursi-saludos transoceánicos.

Víctor dijo...

La verdad es que no he visto sus publicaciones, Francisco. Puede que sea que no me haya concentrado en las áreas infantiles y juveniles de las librerías, aunque con tan sugerentes diseños es raro no reparar en ellas si están sobre un mesón. En cambio, sí recuerdo las de Ekaré, por ejemplo.